EL REMOLINO
Segunda parte
Al lado del viajero estaba Laertes, le grita algo pero el fulgor de la
batalla no le dejaba escuchar nada; él ve que señala algo, entonces la vio,
como si un reflejo divino la iluminara en medio de la batalla. Estaba preciosa,
llevaba una cota de malla de acero que deja ver su figura perfecta; no es muy
alta por lo cual en ciertos movimientos de la batalla se camuflaba entre sus
propios compañeros. Se percató que había perdido el casco en medio de la
refriega; desde su distancia no podía ver esos ojos marrones que tanto le
gustaban, pero estaba seguro de que era ella. Luchaba sin descanso, derrotando
a uno aquí, otro allí.
El corazón se le paralizó al ver quiénes eran esos soldados ; iban vestidos
con túnicas de lana, color rojo, de mejor calidad y más larga que la de los
soldados que antes habían eliminado , y con los bordes teñidos de dorado ;
también llevaban una gálea, un casco montefortino fabricado de bronce con
refuerzos en la parte superior y protecciones en el cuello , junto a una cresta
transversal de crin de caballo , una armadura lorica hamata que era una cota de
malla de anillas de hierro con bordes decorativos ; sobre esta llevaban un
paludamentum, una capa militar de color púrpura abrochada con una fíbula de
plata ; el calzado era caligae, sandalias militares con tachuelas metálicas. De
armas llevaban un gladius que era una espada larga y mortífera, un pugio, que
era un puñal corto, y un scutum, un escudo grande ovalado; finalmente llevaban
una lanza, pero esta eran pocos soldados la que todavía la conservaban. El
viajero supo al momento de quién se trataba, de centuriones veteranos y
tribunos militares; supo que el mejor guerrero de los romanos estaba entre
ellos y estaba dispuesto a cobrar caro su pellejo. Volvió a mirar a Laertes en
la confusión del combate; a lo lejos venían hacia ellos otro grupo de enemigos
y se les había unido los guerreros que ayudaron a vencer al otro grupo antes.
Laertes le miró y con un susurro que pudo entender perfectamente leyendo
sus labios dijo:
— ¡Lucha, viajero! — Con las mismas le empujó sacándolo de la formación y ocupando él su lugar. El viajero aprovechó y corrió como si su vida dependiera de ello, corrió con todas sus fuerzas. A su alrededor solo había destrucción, cuerpos por allí y por allá, casas quemadas y charcos de sangre, tal cantidad que la tierra era incapaz de tragar. Siguió avanzando hasta que se colocó cerca de ella. Ella lo miró y le sonrió; en ese momento el mundo dejaba de tener importancia. Gritó algo y el contingente que regentaba se abrió, dejándole hueco para entrar en su escuadrón. El viajero se situó a la derecha de ella, así que su escudo le pertenecía y la protegería en el combate.
Uno de esos centuriones le lanzó una estocada que choca en su escudo
provocando un leve cosquilleo en el antebrazo; impulsó fuertemente hacía arriba
su escudo y su espada vuela hacia atrás mientras que ella aprovecha para cercenar
el cuello de ese bastardo que cae al suelo con los ojos opacos, ausentes de
vida. Otro ocupaba su lugar; de repente sintieron el rugir de una trompeta, eso
indica que estaban perdiendo y tenían que retirarse hacia las murallas de
Ilión. Ellos como soldados disciplinados sabían lo que tenían que hacer y
retrocedieron todos al unísono hacia las puertas de las murallas sin perder la
formación.
En ese instante un centurión le lanza una estocada a la altura de la cara
que consiguió esquivar de milagro; rápidamente golpeó con su kopis, una espada
griega curva de un solo filo, y acierta en el casco enemigo. Golpeó con fuerza
lo suficiente para abollar el casco y hundir el cráneo a ese desgraciado.
Siguieron retrocediendo y cada vez estaban más cerca del portón de la muralla;
los últimos de su formación ya estaban entrando, pero de repente el terror se
le dibujó en su cara: vio a un hombre a la derecha de la formación enemiga con
un casco abierto, de aspecto hermoso y unos rizos rubios que le caían sobre los
hombros. Menos ancho de espaldas que el viajero, pero con unas proporciones
idílicas para un ser humano, sabía que se trataba de Lucio Cornelio Escipión
Asiático, el cónsul que estaba poniendo en jaque a Antíoco II, el rey
seléucida. Segaba vidas a su paso tan fácil como un campesino segaba el trigo.
¡Mierda! — Pensó; solo tenían que aguantar un poco más y entraban, las
puertas estaban empezando a cerrarse y Lucio cada vez estaba más cerca de
ellos. Debían aguantar para que cerraran las puertas y salvaran por un día más
la ciudad y su gente; ojalá el sacrificio no fuera en vano, desde luego de su
parte no, si conseguía que Flaminia siguiera viva. Ella se paró y le miró con
la cara del que ha perdido la esperanza; la puerta estaba más de la mitad
cerrada. Él soltó el escudo que al chocar contra suelo rebotó dando un sonido
metálico que apenas se escuchó entre la locura del combate; la abrazó un
instante, unos segundos que ojalá fueran eternos, le susurró al oído que la
quería y la empujó con fuerza hacia la puerta de la muralla, entrando dentro de
las murallas justo antes de que la puerta se cerrara. Ella vivía, el viajero
moría; le pareció justo….
De repente y sobresaltado, abro los ojos, siento un pequeño zumbido en la
cabeza y miro alrededor. Todo es blanco, diáfano y parece infinito; al frente
mía, un sillón grande, blanco, y en él sentado un ser; su piel era pálida, sus
cabellos dorados y vestía un ropaje blanco de una tela que nunca había visto.
Me acerqué y pregunté:
— ¿Estoy muerto? ¿Es esto el Hades? ¿Eres un dios? ¿Quizá eres Zeus? O ¿Eres Hades? — Contesté pensativo y un poco asustado por la incertidumbre de no saber qué me iba a ocurrir.
Este ser soltó una carcajada y me contestó:
— No, no soy Zeus, siempre que llegas hasta mí me pones un nombre diferente,
unas veces me llamas Dios, otra Zeus, otra Alá, otra Buda. Se ve que el borrado
de memoria no siempre funciona y tienes la necesidad de creer en mí. Pero no,
no soy un dios, soy tu progenitor y todo ese mundo que has vivido está creado
para ti, para que recopiles conocimientos, para que algún día consigas ser como
yo.
— ¿Me estás diciendo que ya he estado aquí? ¿Qué mi vida es solo como un
capítulo de la Ilíada y vuelvo a vivir todo lo vivido otra vez? — Dije con la
cabeza hecha un lío.
— Algo así; he creado un lugar con todo el conocimiento que existe, en el
cuál tú, cada vez que accedas a él tendrás que aprender algo nuevo. En tu
subconsciente se quedará el conocimiento de la experiencia anterior, es por esa
razón por la que sabes que existo. Es más, en una de tus experiencias una vez
fuiste un chico del año 1995 que se tiró más de una década estudiando toda la
época que ahora has vivido. A veces ciertas situaciones hacen que recuerdes
ciertos conocimientos y tan solo te llaman la atención simplemente porque lo
conoces. Es una sensación tan simple como que te gusta hacer algo que sabes que
se te da bien.
— ¿Es eso posible? — Respondí. — ¿Me estás diciendo que puedo avanzar tanto
hacia delante como hacia detrás en el tiempo? Eso no puede ser posible —
Contesté esperando una respuesta que pudiera contestar mi necesidad de
conocimiento.
— El tiempo no existe — Me contestó. — Ese tiempo tal y como tú lo defines
solo es el lugar de donde tienes que recolectar ese conocimiento, porque dime,
¿Qué es ese tiempo? ¿Consideras que ese "tiempo" que has vivido es
mucho o es poco? Si bebes agua en un vaso pequeño, ¿es poco? y sin embargo ya
no cabe más agua en el vaso, por lo cual, ¿No crees que es mucho? ¿Y si además
te sacia ese sorbo? Y si bebemos 100 litros de agua, me temo que ¿Esto será
mucho? ¿Una barbaridad? ¿Y qué es 100 litros para el océano? Quizá ese tiempo
al que tú llamas, tan solo sea lo necesario para captar ese conocimiento de esa
experiencia.
— Déjame que asimile todo lo que me estás diciendo, me dices que yo he
vivido muchas vidas tan solo para aprender un conocimiento, que he tenido vidas
en la que he vivido días y otras en la que han sido muchos años — Dije con un
dolor de cabeza que me sobresaltaba debido a la emoción de conocer mi destino y
el sentido a mi existencia.
— Esas vidas a lo que tú llamas yo las llamo experiencias y sí, has vivido
días y has sido el bebé y también la madre y el padre que han tenido que
aprender el conocimiento que es perder un hijo. Eres, has sido y serás todo ser
que has conocido y conocerás. Con cada uno de ellos aprenderás un conocimiento
nuevo hasta que llegues a tener el conocimiento completo como yo y puedas
engendrar a otro de nosotros para que pueda conocer este conocimiento.
— Entonces, ¿He sido Leónidas? — Respondí emocionado.
— Sí — contestó ese ser —, también fuiste Jerjes, fuiste Aquiles, pero
también Héctor.
— Entonces fui el asesino y el asesinado, fui el ganador y el perdedor, el
amado y el odiado...
— Exactamente; si haces un daño realmente te lo estás haciendo a ti mismo,
si ayudas, realmente te estás ayudando a ti mismo; todo eso es conocimiento, lo
vas entendiendo poco a poco, ya has vivido muchísimas experiencias. Las
experiencias y ese conocimiento es como cuando echas algo a un recipiente y lo mueves
creando un remolino que hace mezclarlo todo, pues así es como se define esto —
Comentó el ser.
— Bien y... Ahora… ¿Qué seré en la siguiente experiencia? — Pregunté
emocionado.
— Ahora irás a Austria en el año 1889, serás un pintor, pero no serás famoso
por pintar. Espero que recuerdes esto que hemos hablado sobre hacerle daño a
los demás, ya que realmente te lo estás haciendo a ti y puedas cambiar el
conocimiento a uno más grato; como ves, todo es un remolino... Buena suerte,
hijo — Me contestó ese ser y de repente todo se volvió oscuridad.
FIN

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